30/01/2023

El Cronista San Martín

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Otra definición por penales contra los holandeses como en Brasil 2014  

La Casa de Orange lesienta bien a Argentina

La Selección es la única que sigue en pie de Sudamérica. Con Brasil eliminado, solo queda Marruecos fuera de la Vieja Europa y por la otra llave que conduce a semifinales.

Gustavo Veiga

Por Gustavo Veiga

10 de diciembre de 2022 – 00:31

    Lautraro Martínez festeja su gol, para el 4-2, en el quinto penal de la Argentina. (Fuente: AFP)
    Lautraro Martínez festeja su gol, para el 4-2, en el quinto penal de la Argentina.. Imagen: AFP

    Las calles hervían y seguirán hirviendo. La adrenalina disparó un festejo loco, contenido, que liberó por un instante a millones de argentinos de los padecimientos conocidos: inflación, hambre, lawfare y otras yerbas malas. El desenlace en los penales y todo lo que antecedió –lo que se gozó y sufrió en el tránsito del 2 a 0 al 2 a 2– nos cacheteó una vez más con su verdad de Perogrullo. El fútbol es un gran deporte para ser un negocio. Para dejarlo librado al mercado y sus mercaderes. Desde la FIFA a la Vieja Europa de clubes ricos y selecciones multicolores.

    Argentina, una potencia futbolera pero rebelde y plebeya desde el fondo de la historia y su propio juego (el espíritu de Maradona merodeó las mezquitas y el lujo qatarí), volvió a instalarse entre los cuatro mejores de un Mundial. Como en Brasil 2014, y ante el mismo rival. Aunque en una instancia anterior, la de cuartos de final.

    Hay una foto que circuló en WhatsApp que congeló ese instante crucial. Refleja una danza ritual ante el perdedor. Un desahogo con gastada incluida a los jugadores de Países Bajos. Revela el momento preciso de la alegría argentina y la desazón de un puñado de muchachos de camisetas naranjas. Un color monárquico, el de la Casa de Orange, cuyo linaje continúa la reina consorte Máxima. Argentina de nacimiento pero hincha del seleccionado de Louis Van Gaal, como anunció su portavoz oficial antes del partido.

    Está muy bien que su majestad Zorreguieta –hija de Jorge, secretario de Agricultura y Ganadería de la dictadura genocida fallecido en 2017– haya anunciado su apoyo al seleccionado eliminado. Su presente poco tiene que ver con su pasado en estas tierras irredentas. En su último y reciente viaje de Estado a Grecia, lució una tiara de rubíes y diamantes, con un vestido de terciopelo y encaje. Un retrato de las revistas dedicadas a la nobleza de la Europa monárquica, a menudo involucrada en escándalos. La Casa de Orange tuvo los suyos. La misma prensa reflejó esas historias de drogas, sobornos y paramilitares de una dinastía que inició Guillermo el Taciturno, con su escudo de armas.

    León Gieco hizo esa dulce canción llamada La memoria en la que dice: “Dos mil comerían por un año/ con lo que cuesta un minuto militar…” Si fuera por la corona que lucía Máxima, quizás comerían muchos más.

    Por ese ingrediente nobiliario y otros más pedestres tenía un valor agregado éste, el sexto partido en Copas del Mundo contra los holandeses. Cómo sería la pica que Messi le dedicó el saludo del Topo Gigio al polémico DT rival. Y le dijo “qué mirás bobo” ante cámaras a Wout Weghorst, autor de los dos goles de esta desteñida Naranja mecánica. No fue la de aquella película de Stanley Kubrick y mucho menos la Holanda de 1974 que nos goleó con baile incluido en el Mundial de Alemania. Messi, entre maradoniano y riquelmista, se mostró desenfadado como nunca. Tenía algo muy adentro que se sacó de encima sin anestesia ni diplomacia.

    Como si fuera una telenovela por entregas, de aquella derrota en el ’74 –cinco días antes de la muerte de Perón– a la final del Mundial ’78, Argentina y Países Bajos construyeron una historia de rivalidad deportiva que se alimentó con los Mundiales. En Francia ‘98 nos eliminaron ellos en cuartos de final, en Alemania 2006 empataron en la fase de grupos, en Brasil 2014 ganamos la semifinal y ahora sobrevino el frenesí de la Scaloneta con canción incluida, que en su letra compara al fútbol con la religión.

    Las vibraciones que llegaban desde Qatar fueron las de un partido almodovariano. Para vivir al borde de un ataque de nervios. Argentina ganaba por el resultado más ingrato del imaginario futbolero, el temido 2 a 0 capaz de despertar al perdedor con el descuento. Y se dio nomás. En una sucesión de goles que llevaron el desenlace al alargue. El árbitro español Antonio Mateu Lahoz –me apunta el amigo José Luis Lanao que vive en Logroño y lo conoce bien– es un juez de vodevil. Acá diríamos impresentable. No se entiende por qué en un partido decisivo entre un seleccionado europeo y otro sudamericano, la FIFA eligió a uno comunitario, de la zona euro. ¿No tiene en su staff a buenos jueces asiáticos o africanos? Chi lo sa. Sobreactuó su desempeño, y el juego casi se le fue de las manos.

    Sobreponiéndose al empate inesperado, a las situaciones de gol desperdiciadas en el tiempo extra, a la adversidad que provoca la injusticia de no ver reflejada la superioridad en el resultado, Argentina llegó a los penales con las manos enormes de Dibu Martínez que puso la serie de nuevo, dos a cero arriba. Con pasión y corazón, la selección se sobrepuso. Ese fuego sagrado que siempre hace falta para consumar las grandes hazañas.